Había también un joven haciendo footing, detenido en el semáforo, junto al buzón. Se giró como asustado y luego tomó una decisión rápida, cruzó con el disco en rojo, a la carrera. Me sentí solo. De repente la calle quedó desierta. En las ventanas de los primeros pisos sorprendí visillos corriéndose y, tras ellos, unos rostros anónimos, que pretendían seguir siéndolo. Había que hacer algo, y tenía que hacerlo yo, no había alternativa. Caminé con pasos cortos, inseguros, aproximándome al cuerpo inmóvil. Olvidándome de los inconvenientes me dejé caer al costado del muerto, si lo estaba, y dejé ambas muletas en el suelo, a mi alcance.
Le tomé el pulso con dos dedos en su cuello pero, o no lo tenía o yo no era capaz de encontrarlo. Por el bolsillo posterior asomaba la cartera. Tal vez sufriese algún tipo de enfermedad y llevase un teléfono de emergencia. La abrí y encontré el DNI, el permiso de conducción y… más de quinientos euros en billetes pequeños. Un grito desde una de las ventanas atrajo de inmediato mi atención.
-¡Es un atracador, le está robando!
No pude localizar al estúpido. Volví a ocuparme del caído. Observé un grueso sobre junto a la mano derecha. Alargué la mía y tomándolo busqué la dirección, el remitente… inútilmente, el sobre contenía algo abultado, tal vez documentos, pero estaba en blanco.
Un fuerte empujón en la espalda y un grito sordo me sorprendieron.
-¡Al suelo, tírate al suelo! Las manos a la vista, que yo las vea.
No podía cumplir el requerimiento de quien fuese quien estuviese tras de mí. El golpe en la espalda me lanzó hacia delante yendo a caer sobre la espalda del yaciente.
Un objeto duro y frío se apoyó en mi cabeza.
-Si te mueves eres hombre muerto, no te da vergüenza, atracar a un inválido.
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