Volveré, dijo saliendo de mi vida. Me irrito cuando me observo pulsando botones en la lavadora, cuando quiero enchufar el aspirador, cuando… deja, deja eso ahora. Salgo de la cocina, mi ámbito natural, que dice él.
Me acoge la dulce penumbra del salón vacío, como yo. Me dejo caer sobre el sofá, cara al ventanal. Tomo un cojín y lo abrazo como a un escudo protector, y abro las compuertas del llanto reparador. Fluye dulcemente, luego los sollozos rompen los diques de contención. Siento lástima al verme.
Suena el teléfono y, la costumbre, alargo el brazo y descuelgo.
-Sí- mi voz es ronca, irreconocible al otro extremo del hilo.
-¿Eres tú?- duda.
-¿Eres tú?- repito yo.
-Necesito verte, ahora- dudo un instante.
-No estoy para nadie, y menos para ti.
-¿Qué dices? ¿Qué te ocurre, cariño?
-Luis sabe lo nuestro, mejor dicho, cree saberlo. Cree que tenemos, una historia, un rollo.
-Y, ¿qué tenemos?
-Nada, cielo, nada. Un polvo sin querer, un polvo por casualidad, nada más. Suficiente para romperme la vida, para dejarme yerta, frágil, para romperme en mil pedazos, porque él se ha ido, por nada.
-Entonces…
Cuelgo el teléfono, sin ira. El espejo del lavabo me devuelve una imagen que no quiero ver. La borro con agua, a manotazos enfrío las mejillas, mis párpados comienzan a hincharse. Respiro profundamente antes de asomarme al pasillo, he escuchado la puerta.
-No tenían tabaco en el bar y he ido al estanco- se disculpa penetrando de nuevo en mi vida, como una bocanada de aire fresco, perfumado.
Espero, apoyada en la pared la espalda, mis piernas tiemblan.
-Has tardado toda una vida- aseguro con dramatismo.
-Exagerada- apoya ambas manos en la pared a la altura de mi cabeza y me besa sin tocarme, solo un roce de sus labios con los míos resecos, temblorosos- entonces… lo del tipo ese… ¿se acabó?, me pregunta.
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