Los otros. Aquí somos dos, los otros y yo, esperan también la señal. Cuando salgo, obligado por la manaza del maestro que me obliga a seguir el camino de la horda –que ya grita y escandaliza en el patio– sé que dos docenas de ojos están esperándome. Tan pronto mi temerosa y endeble figura se recorta en el vano, aúllan como lobos hambrientos. Parece exagerado, pero veo un círculo de cabezas de lobos esteparios, por cuyas fauces dentadas, gotean babas blanquecinas, como nata recién batida... Tienden sus garras y me sujetan, me arrastran, me sacuden. Ya me tienen. Comienza el baile.
Un baile que terminará cuando la sirena anuncie el final de recreo, un corto pero interminable espacio de tiempo. He pensado en gritar, correr hacia los profesores que tontean con las profesoras y gritarles lo que están viendo de reojo, o de frente. Prefieren pensar que son cosas de críos, que mejor no intervenir, que las distintas personalidades han de bruñirse en la brega infantil antes de llegar al combate cuerpo a cuerpo de los adultos. Pero desistí tras algún infructuoso intento.
-"Anda, anda, exagerado. Si te dan una torta devuélvela y no me digas que todos están contra ti, que te persiguen, dentro y fuera del colegio, que estás asustado, que eres impotente para... Oye, chaval, eso de impotente ¿en qué sentido lo dices...?”–lo dejé correr.
Peor fue en casa. Conté las vejaciones, las palizas, las humillaciones a las que me someten... pero, me dijeron de todo por consentirlo, por ser tan poquita cosa, por no hacer frente a las dificultades, por...
Ahora pienso en alternativas. Tengo un plan para acabar con esto... y con ellos.
Añadir a favoritos
Lecturas: 183
Comentarios (0)

Escribir comentario









