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5Febrero
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Rincón literario

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CAFÉ AMARGO


Salgo a tomar un café al bar. Mientras espero que me lo sirvan, cojo el diario (no debiera si no es el nouTorrentí). La camarera me trae un café humeante. Tras un sorbo leo:
Manifestaciones en TVV, en Sanidad, en Educación. Y las que quedan. Pienso yo. Paso pagina.
La alcaldesa de Valencia dice: ¡Un bolso LOUIS VUITTON es un regalo habitual! Tras meditar un poco, me pregunto: ¿Esta tía no está bien, con lo que cae ahí fuera…?
Sigo leyendo: El recién estrenado presidente Fabra dice: ¡Vivíamos por encima de nuestras posibilidades! Ja ja ja ja. Río en voz alta. ¡Él no, seguro! Miro a la gente que está cenando en este bar barato. Seguro ha recibido un bolso Vuitton de su jefe y vienen a cenar barato para derrochar. ¡Mira tú, otro que alucina, me digo yo!
Manuel Portolés comenta que en innovación España esta por detrás de Portugal en el puesto 39.
Si ya lo dice mi perro: ¡a ver si innováis!  ¡Siempre el mismo pienso, cada día la misma insulina! (es diabético el pobre. Eso sí, por vivir por encima de sus posibilidades).
Dejo el diario, cabreado, más de lo que estaba al entrar y decido dar una vuelta por la avenida.
Salgo y cruzo (no sin esfuerzo) al grupo de personas que fuman en la calle como ilegales.
Termino de salir del gentío y me incorporo a la avenida. Esa arteria de vida que es de Torrente.
Hace bastante frío. Inspiro una gran bocanada de aire (que es gratis, ¡de momento!) y miro a una mujer que me cruza muy bella, la miro (sanamente) y giro la cabeza por mantener unos segundos mas esa visión y, ¡zasss! una mierda de perro que no veo. ¡Una que hay y la dejan debajo de mi pie! Me limpio, y más cabreado aún decido irme a casa. Llego a la esquina y veo un tipo que está cada día sentado en el mismo banco. A su lado, un cartón de vino y una fila de colillas usadas, (seguro que no por él) Alineadas.
Siempre está cabizbajo, como recordando. Son las 21:00 horas y la noche promete ser fría. Sólo viste un chándal. Me viene a la memoria el refrán aquel que dice que pisar una mierda trae suerte.
Hoy debo de tenerla yo, pues he pisado una. Él no tiene suerte, pues no ha pisado ninguna.
Él vive en ella.
Dani Shiro

 
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EL SONIDO DE LA LLUVIA


Mi mujer y yo habíamos discutido aquella noche. Creo que seguíamos discutiendo, de camino al hotel, cuando un hombre con impermeable gris irrumpió en la carretera, bajo la intensa lluvia. Andaba despacio por el borde del arcén y no se apartó cuando le enfocamos con los faros. Mi mujer dio un volantazo para esquivarlo pero la carretera estaba mojada. Vi fugazmente como nuestro coche patinaba, lanzándonos al terraplén. Luego el ruido del metal y los cristales. Cuando abrí los ojos no supe dónde estaba, tardé unos minutos en comprender por qué permanecía tumbado, sepultado. Mi mujer estaba sobre mí, inmóvil, no atendía a mis gritos aunque no estaba seguro de poder oírme a mí mismo ya que un zumbido agudo, penetrante, parecía ocuparlo todo. Sentí que las piernas me quemaban y que debía salir, alejarme de allí como pudiese. Convencido de que ya no podía oírme, aparté a mi mujer. Una fuerza me retiró del coche a tiempo para contemplarlo consumiéndose en una bola de fuego. No vi su rostro, el del desconocido que me había ayudado, si su impermeable gris. No dijo nada, o si lo dijo quedó acallado bajo el sonido que no cesaba en mi cabeza. La policía me encontró horas más tarde tirado en la cuneta, sin rastro de nadie alrededor. Los médicos me convencieron de que fue todo una alucinación a causa del accidente, del trauma; que en realidad logré salir por mis propios medios, arrastrándome hasta ponerme a salvo. Me querían convencer de que fue el sentimiento de la culpa lo que vi y transformé en aquel ser imaginario de impermeable gris. Pero yo lo vi, sé que lo vi.
Han pasado varios años del accidente, regreso al mismo lugar los días de lluvia intensa. Aparco en el bosque, no muy lejos de donde ocurrió. Soco del maletero un impermeable gris y gasolina. A veces, cuando veo a los que logran salvarse antes de prender la llama pienso en si debí haberme quedado en el coche esa noche con mi mujer.   Ginés Vera

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PAN PARA MI NAVIDAD

Llegó la Navidad. No aquella sencilla. No la que nos ilusionaba con poco. No, la que tenía un día tan anhelado que no nos dejaba dormir. Aquélla, murió. Asistí a su entierro. Vi la inscripción en su lápida: Hasta aquí el candor, desde ahora, el frío helará corazones.
Ha llegado la Navidad. La que tanto hemos deseado. Navidad, que ilusamente (como todo lo de allí) queríamos tener: con el dichoso Papa Noel. Con luces recorriendo todas las aristas de las casas hasta la ridiculez. Con los balcones llenos de feos y “cutres” Papa Noel y luces en las ventanas que más parecen lágrimas que otra cosa.
Junto con todo eso, también la vida más real: gente durmiendo en la calle y buscando comida en los contenedores. Hospitales llenos de pacientes en los pasillos. Ancianos solos. Naciones, provincias, ciudades, pueblos y calles llenas de luces que seguramente, los ayuntamientos no podrán pagar, con nuestro dinero. Colas en las casas de caridad recogiendo algún juguete para sus hijos y comida.
Pero siempre tendremos películas americanas que nos enternecerán ilusamente el corazón, superficies comerciales para apaciguar los pocos remordimientos que nos quedan, el mensaje del Rey “que no es mago” y a la iglesia recodándonos que un día hace 2000 años nació alguien, del que cada día, menos gente se acuerda.
Pero una semana después… todo olvidado. Borracheras, lujo insoportable y olvido.
Hoy en una cafetería, un hombre mayor amablemente charlaba con las camareras “no era la única vez que ellas le escuchaban con cariño”. Afligido, el hombre tras tomarse un café, pide dos barras de pan en bolsas diferentes (como cada día) y se despide. Pero, con ganas de hablar mucho más se va marchando lentamente. Allí le escuchan. Se encamina hacia su hogar. En la esquina de su calle, en una palmera cuelga una de las bolsas con la barra de pan. Él se gira como buscando a alguien y prosigue su camino hasta su casa.
Este año, esto es mi NAVIDAD. Este “pequeño” gesto insignificante, es el que quiero celebrar y, por el cual alzare mi copa.
También como no, por la persona que tras unos minutos se acerco a la palmera a coger la bolsa y tras mirar hacia ambos lados sonrió agradecida y se marcho.
Mi brindis y todas mis felicitaciones por este Anónimo. Feliz Navidad y Año Nuevo.
Dani Shiro

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CASTILLO DE ARENA

Hacía más de veinte años que no visitaba la casita de la playa. Una construcción sencilla encogida entre hoteles y bungalós, aunque seguía viéndola con los ojos del último verano. Entonces los amigos íbamos a bañarnos después de comer sin escuchar las advertencias de nuestros padres. Eva, la única chica del grupo, aparecía más tarde cuando ya estábamos cansados del agua y la piel de los dedos rugosa. Llegó aquel primer día con su bañador a rayas y desde entonces compartió nuestros juegos. Si que nos fijamos en una cicatriz reciente en su rostro que procuraba tapar con su pelo. Organizábamos saltos de longitud en la arena mojada donde siempre quedaba la última al caer invariablemente de espaldas. Aguantaba bien nuestras risas y alguna burla sobre su cicatriz. A veces se alejaba y prefería hacer castillos de arena que el agua se encargaba de romper a última hora, cuando ya nos íbamos.
Una vez nos animamos a levantar uno entre todos, nos llegaba hasta las rodillas, y aún se veía en pié cuando nos alejamos a nuestras casas. Eso fue la víspera del accidente. Eva se bañaba siempre tan cerca de la orilla que apenas le cubría la cintura, salía corriendo cuando las olas le salpicaban la cara a pesar de nuestras arengas por ir más allá. Pero aquella tarde el agua venía revuelta y el aire molestaba incluso para nuestros juegos. El castillo de Eva aguantó poco, el mar lo deshacía continuamente hasta que sin saber por qué Eva se encaró a las olas. Pensamos que habría perdido algo por la forma en la que miraba al agua, luego corrió tan deprisa hacia adentro que cuando quisimos darnos cuenta sólo veíamos su cabeza. Me arrojé a ayudarla pero las olas me revolvían empujándome con violencia sin que ella atendiese a mis gritos. Estuvimos un buen rato en la orilla esperando verla aparecer. La policía les dijo a nuestros padres que no nos debían haber dejado ir aquel día, pero nada de dónde estaba Eva.
Al día siguiente ninguno fuimos a la playa. Cuando por fin nos lo permitieron encontramos una de sus zapatillas de goma entre las rocas que llevé a la casita de la playa por si Eva regresaba.
Esta mañana cuando he vuelto a pasar he visto junto a la puerta un montón de zapatillas solitarias que la gente ha ido dejando con los años.
Ginés Vera

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El libro


En un reciente viaje a un lugar cuyo nombre voy a omitir, me sucedió esta historia.
Salí de excursión para hacer unas fotografías a lo que parecía una ermita abandonada. Buscaba algo especial para fotografiarlo. Al pasar por una pared casi derrumbada y apoyarme en ella, esta se desmorono. Entre los escombros caídos vi algo liado en tela. Tras recogerlo y desliarlo vi que era un libro, encuadernado en piel y con algo escrito en la portada. Tras limpiarlo bien pude leer: O Ciprianillo.
Lo más increíble de esta historia no residió en el descubrimiento en si; fue la investigación y conocer para que serbia.
Ahora sé que este libro también llamado de San Ciprián, sirve para encontrar tesoros escondidos (sí ya se que es para reír) y hacer conjuros. Pero lo que me deja de piedra, es conocer el método de como usarlo. Descubrir, que para usarlo se necesita una yerba llamada "da cabra". Se conoce esta hierba porque al echarla al río camina siempre contra corriente. Este punto lo tengo mas o menos controlado y puedo acceder a ella.
¿El problema? Para usarlo necesito una persona que lo sepa leer y des-leer, pues asegura el método, que si sólo sabe leerlo, las personas presentes subirán a tal altura que irremediablemente caerán y se aplastaran contra el suelo, al no poder des-leerlo y bajar lentamente. Asegura el manual, que deberán tener mucho valor los asistentes. Cita, que se ha de hacer un circulo en la tierra y  todos los asistentes deben estar dentro, además de no dejar de leer ni huir del circulo vean lo que vean y oigan lo que oigan. Con la lectura, se obliga al ser encantado que custodia el tesoro a revelarlo, a mostrarlo. En ese preciso momento se hará con la hierba una cruz dentro del circulo y así se obligara a dicho ser, a esconderse dejando el tesoro abandonado.
Sé que esto parece increíble, pero lo cierto es que ya he probado un par de conjuros y han hecho efecto. Ya no sé que pensar. No sé, si buscar a alguien que lo pueda leer y usarlo juntos, o más bien, guardarlo como algo curioso. Pero el hecho es que me atrae mucho el pensar que puedo conseguir cosas, que según entiendo ahora se pueden lograr con este libro. Probare algún conjuro más y lo guardare o lo venderé. ¡Si resisto la tentación, claro!.

Dani Shiro

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