Mié22052013

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Semper eadem*

A pesar de su aspecto antiguo y su marco labrado aquel espejo, oculto tras un delicado paño, nos pareció caro. El anticuario insistió en que su valor no era tanto por el objeto en sí, como por su anterior propietario, un famoso escritor irlandés con el que, al parecer, se había inspirado para una de sus célebres novelas. Mi marido porfió sobre la autenticidad de la historia y el deterioro del espejo hasta cerrar el trato. Decidimos al llegar a casa que lo mejor era guardarlo en el trastero. Me consolé al menos colgándolo frente a una ventana cubierto con el mismo paño. Unos amigos se interesaron días después por la recenté adquisición. Fue mi marido quien descubrió otro defecto al desvestirlo. La imagen que reflejaba de nosotros parecía distorsionada, extraña, en tanto nos veíamos distintos, no más altos, ni más gruesos; acaso más jóvenes, susurré, y reímos al unísono. Bromeó con la idea de que tal vez el anticuario tuviese razón y volvió a cubrirlo. Confieso que caí en la tentación de comprobar si era cierto, incapaz de dormir. La apreciación de rejuvenecer parecía acentuarse cuanto más tiempo pasaba frente al espejo. No tuve dudas ni quise compartir con nadie mi descubrimiento. Tampoco a mi marido las citas clandestinas para deleitarme, desde aquella noche, que con el tiempo se volvieron tan urgentes como necesarias. Un día me acusó de estar enferma, no sólo por mi reciente aversión a los espejos de la casa –me afeaban de tal manera que terminé deshaciéndome de todos ellos–, también por guardar la llave del trastero como un tesoro. A la mañana siguiente, tras levantarnos con la resaca de la discusión, me pidió de nuevo la llave para subir y devolver el espejo. Me negué, amenazando con tragármela si insistía. «Te comportas como una niña», bramó, pero no quise oírle escapándome del salón. Luego tuve una terrible sospecha, la de que sería capaz de echar la puerta abajo para quedarse con mi espejo. Cuando llegué tras el ruido, le vi a punto de arrancar el paño. Le supliqué que no lo hiciera, pero no pude evitarlo. Tampoco que la luz del sol se colase, reflejarme asustada en el espejo brillante. Experimenté de inmediato un mareo, una extenuación, mi imagen duplicada comenzó a desfigurarse, a envejecer lentamente, en tanto mi cuerpo lo imitaba acelerado, consumiéndome marchita y desfallecida hasta la oscuridad.
*Dedicado con cariño a la redacción del Nou Torrentí, por sus cien números y por otros cien

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Ginés Vera

Los cinco aspirantes al puesto directivo habían superado la penúltima prueba. Ninguno se mostró alborozado ni nervioso, se sabían observados por cámaras de seguridad y querían demostrar ante los responsables de selección su autocontrol. La sala donde realizaron la última prueba no era muy grande; les sentaron en círculo, sin mesas, permitiendo que se mirasen entre sí.

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Sorpresa

Hoy tengo un regalo para ti. Llevo días con el sueño intranquilo, mortificándome con pensamientos impuros, con fantasmas que a nadie puedo contar. He decidido que no voy a reprimir más lo que siento. He visto cómo me mirabas las pocas ocasiones en las que hemos coincidido, pensé que era por tu juventud, seguro que te doblo la edad. He de confesarte que nunca tuve curiosidad por el cuerpo desnudo de los hombres. Las niñas en el colegio sí, porfiaban hablando de sus padres o hermanos, entre risas. Tenía prohibido hablar de ese tema en casa.

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El verdugo

ginésVera
Me confiesa que sólo hay unas pocas formas de quitar una vida con dignidad. Lo masculla sentado a la mesa, con un vaso de vino y restos de su cena. Un foco le ilumina el rostro haciéndole grande o pequeño conforme se acerca. Sus manos son fuertes como sogas, con el tiempo han cogido la forma de lo que más han usado. Las retuerce después de cada trago y sigue contándome su historia. Sus palabras llenan la pequeña celda junto a la mesa, las dos sillas, el urinario y el catre deshecho. Adivino que las ha ejercido todas y cada una le ha ido dejando una huella no solamente en sus manos. Pienso en ello al ver la geografía de su rostro medio oculto, las cicatrices, pero no me atrevo a preguntarle. La horca es su preferida, afirma con el vaso a mitad de camino hasta su boca. Sus manos tejen después un nudo corredizo, se sueltan y me suelto así de su mirada. «Exige una preparación, calcular el peso de la víctima y no prolongar inútilmente la agonía del condenado», le escucho con un picor en mi garganta. No puedo dejar de mirar sus manos. Echa de menos el roce de la soga, continúa, la tensión del nudo, el tacto de un cuello segundos antes de que se abra la trampilla del cadalso. «El sonido del ahorcado es diferente: hombres, mujeres, niños; cada cual, como cada cuello, revela una historia en los instantes previos al eterno silencio». Toma un trago largo apurando el vaso. El recuerdo parece regresar con el vino: «El cadalso se montó con urgencia; una fila de mujeres aguardaba mi llegada. La soga estaba demasiado seca y pedí un cubo con agua, aunque sólo oí risas y silbidos. Fui colocando el lazo y la venda a cada una de las condenadas. Al recibir la orden, cayeron ante el griterío del público congregado en la plaza. La más joven y delgada aún se movía, inquieta, mientras la soga anunciaba su lenta rotura. Las voces de la turba se volvieron contra mí. Me llamaron asesino. Antes de poder remediarlo, quedó rígida tras un disparo a quemarropa. Esa no es forma de morir…», afirma con el vaso vacio entre las manos, antes de que los guardias le pregunten si está listo para su último castigo.

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El reencuentro

Inuuk atravesó el páramo helado guiándose por el instinto, con los ojos cerrados, en medio de la ventisca. Divisó a lo lejos la primera choza del poblado y se dirigió hacia ella decidido.
Ásdís se levantó de su lecho.
–Me alegra mucho verte, Inuuk.
–Y yo de haber llegado.
–Todos estábamos tan preocupados, te esperábamos para la luna nueva.
–Tuve un encuentro con Fenrir.
Al oír aquella palabra, Ásdís se cubrió el rostro con las manos.
–No temas hermana, estoy bien. Ya me ves.
Pero la joven parecía incapaz de apartar las manos.
–Escapé del gran lobo blanco escondido en la nieve.
–Nadie escapa de Fenrir –susurró, inclinándose sobre el fuego en el centro de la choza.
Junto a Ásdís, Inuuk meditó si tal vez su hermana tendría razón. Extendió las manos para calentarse pues a pesar de llevar un rato a cubierto no sentía calor. Las acercó más y más hasta darse cuenta de que las tenía dentro del baile de llamas. Las sacó asustado sin ver ninguna herida. Luego contempló a su hermana, ensimismada con el fuego.
–Me voy Ásdís, –susurró y salió de nuevo a la ventisca. Había amainado y podía ver el resto de las chozas, también la del anciano de la tribu quien le contase, años atrás, la historia del gran lobo blanco.
El anciano fumaba observando las volutas de humo.
–Entra Inuuk, te estaba esperando –dio una calada profunda–. Te vi hace tres noches en mis sueños. También vi a Fenrir.
Inuuk vio como el anciano tomaba algo de un pellejo de cuero que tenía cerca. Una lengua de fuego se elevó en forma de garras dentro de la hoguera. Inuuk sintió por fin calor en su corazón. Bailaban imágenes en sus pupilas, no ya de lenguas rojas sino figuras, rostros que se tornaban conocidos: su padre, quien les abandonase siendo el niño, también sus antepasados. Comenzó a sentirse ligero, luego vio el perfil de un lobo, su hocico, los ojos profundos…, era Fenrir. Se sintió más etéreo, creyó alejarse del suelo para contemplar el fuego y al anciano desde el techo. Finalmente se vio a si mismo entre las llamas y al reconocerse se sintió mejor, como liberado de un peso, ascendiendo a través del hueco de la choza hasta el exterior mezclándose con el final de la ventisca y el resto de los seres que habían vivido antes que él.

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