Elegimos el restaurante tras recorrer medio centro muertos de frío. No veía el momento de meterme dentro de un establecimiento para quitarme el tembleque que me acompañaba todo el rato. Al final las mujeres fueron las que eligieron, un restaurante argentino muy animado en el que había que guardar cola hasta que nos llamaran. Había cinco mesas disponibles, tres al fondo y dos en la misma puerta donde hacía un frío mortal cada vez que la abrían y era bastante a menudo. Se cumplió lo que me temía, nos dieron la mesa más próxima a la puerta. Al leer la carta, yo buscaba algún consomé o caldo gallego que me calentara, pero lo único que conseguí fueron unos huevos estrellados con patatas en una mini paella. No pudimos ni tomar café allí, porque aquello era la sucursal del Polo Norte. Buscamos un local para tomarlo cerca de ese establecimiento. Una carpa y dos estufas eran lo más parecido a un confortable local. Todos estaban hacinados al lado de ellas porque el frío era histórico, nos abrimos paso entre la muchedumbre y los camareros que circulaban con sus bandejas por encima de nuestras cabezas hasta que uno de ellos me derramó una taza de chocolate sobre mi abrigo mientras yo trataba de esquivarlo; venía hacia mí atraído como un imán. No crean que se disculpó, prosiguió su marcha como si nada hubiera pasado. Reclamé en la barra y cuando les indiqué quien era, el resto de camareros se miraron con cierta complicidad esbozando una sonrisa. Sacaron una bayeta de fregar mesas y se pusieron a limpiarme el medio litro de chocolate que su compañero me había derramado sobre la manga de mi abrigo. La escena era surrealista, mi amiga se partía el culo de risa y yo quería partirles la cara a toda esa pandilla de bobos que trabajaban en ese establecimiento.
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