Hacía tiempo que no salíamos juntos con una pareja de amigos muy divertidos. Sobre todo ella, Ángela, que se lo pasa de miedo viendo las cosas raras que me suceden en mi deambular cotidiano. Acudimos a un gran centro comercial para cenar y ver una película de esas en tres dimensiones que te agachas detrás de la butaca por si se escapa alguna bala perdida.
Elegimos el restaurante tras recorrer medio centro muertos de frío. No veía el momento de meterme dentro de un establecimiento para quitarme el tembleque que me acompañaba todo el rato. Al final las mujeres fueron las que eligieron, un restaurante argentino muy animado en el que había que guardar cola hasta que nos llamaran. Había cinco mesas disponibles, tres al fondo y dos en la misma puerta donde hacía un frío mortal cada vez que la abrían y era bastante a menudo. Se cumplió lo que me temía, nos dieron la mesa más próxima a la puerta.



Armando se había sacado el carnet de patrón de barco la misma semana en la que celebraba su despedida de soltero. Que por cierto, resultó de esas que hacen historia en las batallitas que cuentan los amigos.
Todos los años me resisto a creer que me vuelva a tocar el haba del Roscón de Reyes. No sé qué hacer para evitarlo, el haba me persigue y me cabrea porque lo valoro como que no empiezo el año con buen pie. Puedo argumentar lo que sea para no cortar el Roscón, porque aunque no lo haga, la porción que me destinan para consumir contiene ese maldito elemento. Esto ya se ha convertido en una cuestión de amor propio, he probado a comprar el Roscón en todos los hornos de la ciudad, he cambiado de contenidos: de nata, de trufa, cabello de ángel … , da igual, como el Roscón tenga haba, allí que me toca.
Todas las mañanas en verano ando con mi perro por el campo antes de incorporarme al trabajo. Nada más comenzar, aparecía una perrita de la nada y se unía a nosotros durante todo el recorrido para desparecer nuevamente a la llegada a la casa donde veraneo habitualmente. Esto sucedió durante varios veranos hasta que en uno de ellos no la vi al comienzo de la temporada, pero al asomarme a la parte trasera de la casa, la encontré completamente demacrada gimiendo y sin poder tenerse en pié. La recogí y llamé a un veterinario para curarle las graves heridas de un probable atropello mientras se buscaba la vida para alimentar a los más de diez cachorros que tenía en una cueva próxima a unos naranjos donde descubrí que residía. Así que me convertí en el flautista de Hamelín y me los llevé a mi parcela a base de engaños y comida, pues parecía que no habían probado bocado desde el atropello de su madre. Una vez instalados en una improvisada caseta,
Mis amigos quisieron darme una segunda oportunidad al romper mi mala racha del azar cantando una línea de 3’70 € en un bingo local. Tras una cena de fin de semana con el cachondeo, decidimos ir a un bingo de mayor nivel en Valencia para consolidar mi cambio de tendencia positiva. Nada más llegar, una gitana que había por el acceso de entrada me quiso leer las líneas de la mano y como me negué, me soltó una maldición de esas que tienen ensayadas. Yo le respondí que se le volviera todo lo dicho contra ella por su mala fe. Y tanto que se volvió, cuando salimos había una ambulancia del SAMU y policía local en la esquina. Un turismo se estrelló contra unos contenedores alcanzando a la gitana de lleno. Estaba viva de milagro con un collarín en el suelo maldiciendo a diestro y siniestro. Mis amigos me miraban con cara de asombro mientras daban un paso atrás.
Ustedes se preguntarán ¿a este tío le pasan todas esas cosas que cuenta?. Si les soy sincero, no, porque si cuento toda la verdad, seguro que no me creerían. Yo soy el hombre casualidad; ustedes dirán ¿qué significa eso?, pues se lo voy a decir. El hombre casualidad es aquel que aparece en lugares insospechados entre gente insospechada por accidente o casualidad. Ejemplos verídicos: en una ocasión estando en una sala de fiestas, me dio un apretón y me pasé bastante rato en el baño. Cuando salí de nuevo a la sala, habían cerrado el local al público porque daban una fiesta exclusiva a los jugadores del Barcelona. Solo puedo decir que me lo pasé de muerte jugando a los chinos con el entrenador y un jugador muy famoso, muy famoso… En otra ocasión, montando a caballo por la playa de San Juan a las tres de la madrugada, iba un poco agustito contándole chistes a mi caballo cuando sin saber “como” me caí y me recogieron dos mastodontes que resultaron ser los escoltas del príncipe Felipe, que oh casualidad, paseaba con una bella señorita a caballo también, cuando se suponía que debía estar alojado en el cuartel de una academia militar cercana ampliando su formación de mando.
La víspera de todos los Santos fui al cementerio a limpiar los nichos de la familia y colocar las flores en todos ellos. Había gente a raudales con escaleras, cubos, fregonas…, una legión de personas atareadas, aunque siempre te encuentras a los curiosos que se dedican a ver quién ha ingresado en el campo santo en el último año.